lunes, 14 de mayo de 2018

Magia

Hay personas que aparecen en tu vida justo en ese momento en el que estabas hecha pedazos, a punto de rendirte. 
Llámalo casualidad o destino, incluso suerte, pero yo lo llamaría magia.

-Un rincón maravilloso-

sábado, 12 de mayo de 2018

No son cosas

Las cosas más importantes de la vida, no son cosas.... son emociones, sensaciones, sentimientos.
Los regalos más especiales no se compran ni tienen precio: el cariño, la amistad, el amor, la lealtad, la generosidad...
Si tienes esto, siéntete la persona más afortunada del planeta, porque será lo único que siempre irá contigo. Será lo que de verdad te hará feliz. 

-Rosa Vidal Ross-

viernes, 11 de mayo de 2018

3M

Qué raro resulta salir los domingos de la estación con luz y no bajo la oscuridad de aquel tren cama nocturno.
Qué raro resulta tener como destino una ciudad a tan sólo una hora de distancia y no aquellas interminables nueve.
Qué raro sentirme rodeada de edificios que todavía no los siento como míos pero que no tardando lo serán.
Qué raro volver a levantarse cada día sabiendo que tienes que comenzar esa rutina diaria que aún estoy buscando.
Qué raro poder estar tan cerca de quien quiero pero a la vez de nuevo lejos.
Han sido unos meses largos por el nerviosismo del cambio y la ansiedad del querer tener todo resuelto con un chascar de dedos, pero al mismo tiempo unos meses de encontrar esa tranquilidad que necesitaba y que encontré gracias, principalmente, a las que están ahí perennes e incondicionales como siempre.
Ya me había habituado a muchas cosas e incluso a una rutina, aunque fuese mínima, y que si soy sincera, hasta había aprendido a saborear. He valorado cada segundo vivido y no he desaprovechado las oportunidades de hacer alguna que otra locura. Pero ahora, y a pesar de ver cumplido el sueño que tanto anhelaba, echo de menos alguna que otra cosa, como esas tardes de gym o esa facilidad de poder quedar en cualquier momento con mis chicas.
La vorágine de estos primeros días me ha absorbido completamente. Aquello de las 3M (Madrid Me Mata) comienza a cobrar sentido de manera casi literal y ya he empezado a sentir en mi propia piel la locura de esta ciudad, aunque no haya sido con el significado original. Esa mezcla del tamaño de la urbe y los horarios locos hace que las horas de vida, fuera de la parte laboral, sean casi nulas, y aunque las haya, el cansancio es tal que lo único que apetece es llegar a la cama para poder descansar y no empezar el día siguiente hecha unos zorros.
Así que apenas he tenido tiempo para hacerme con sus calles y su gente, mucho menos asentarme, aunque supongo que poco a poco todo irá llegando.
Estos primeros días, de camino al trabajo, veo el campo con la sierra al fondo por la ventana del tren. Siempre me siento en el lado izquierdo del vagón, mientras el sol, que empieza a ascender, va batiendo en mi cara. Se agradece tener esa visión a primera hora de la mañana, de desconexión momentánea antes de comenzar el día de trabajo.
El poco tiempo de calma que he tenido, me he ido acordando de todos esos que han estado a mi lado durante estos últimos años. Los que estuvieron desde antes y los que me acompañaron desde hace menos. Me he acordado de aquellos, que sin meterme presión, supieron estar y ser lo que era necesario en cada momento. La decisión siempre estuvo en mi poder, pero algunos de vosotros os convertisteis en cuerdas, en manos amigas, en conversaciones nocturnas con una copa de vino o sin ella... Momentos que no se olvidarán.
Pero confieso que hay tres personas (mi pequeña, mi chico y mi sis) que especialmente he sentido de alguna manera más cerca y que cuando he tenido momentos de bajón y de flaqueza durante estos primeros días, me he obligado a recordar todas aquellas palabras de aliento, de ánimo, y esas pequeñas cosas que me ayudaron a no desistir de mi sueño. Tal vez porque las conversaciones a lo largo de todo este tiempo han sido más intensas con ellos, más vividas y más compartidas.
El caso es que a pesar de estos inicios de incertidumbre, nervios, expectación e incluso abrumación, tengo claro una cosa: os venís conmigo en esta nueva etapa.
Os espero en la ciudad que nunca duerme.

-DetallesConectados-

miércoles, 9 de mayo de 2018

Filosofía de vida

No sé si alguna vez te has ido a la cama con sensación de angustia, con esa inquietud que te dice que algo no va bien. Quizás algún día no hayas querido levantarte de la cama, literalmente. No hablo de pereza, sino de no querer enfrentarte a nada, con la sensación de que el mundo te ha ganado la batalla y la realidad te supera. No sé si alguna vez te has puesto a llorar desconsoladamente, sin saber exactamente por qué pero con la seguridad de que todo es un asco. Si alguna vez has estado cansada de tu vida. No sé si es por las expectativas, o por esta realidad que nos empuja a querer más, más dinero, más cosas materiales, más amigos, mejor físico. Siempre más, más y más. Y cuando logras algo, la satisfacción apenas dura un instante, cuando te das cuenta de que no es suficiente. Nunca es suficiente.
Un día una amiga me dijo que creía que su vida no tenía sentido, que se sentía perdida. Que no era capaz de alegrarse de verdad, que sentía la tristeza agarrada al pecho y las cosas buenas nunca le parecían lo suficiente buenas como para ser realmente feliz. ¿Cómo se supone que debemos sentirnos cuando somos realmente felices? Y, en un mundo en el que siempre tenemos que estar alegres, como aparentemente lo están todas las personas que nos rodean, sentirse así todo el tiempo es agotador. Con la sensación de frustración a nuestras espaldas, invertimos toda nuestra energía para luchar contra nuestros demonios, y esa voz en la cabeza que sólo sabe recordarnos nuestros fracasos. 
No sé si algún día has pensado que lo mejor era desconectar. Alguna vez me he planteado dejarlo todo, irme sola a viajar y olvidarme de todo lo demás. Dejarlo todo, se dice pronto. Nunca lo he hecho, quizás porque no estaba tan mal como creía o porque nunca he reunido el valor que se necesita. Porque, al final, cuando pensaba en el avión no podía evitar recordar todo lo que dejaría en tierra. A veces se me olvida, pero es demasiado. No quiero perderlo ni dejarlo atrás.
Creo que es muy difícil enfrentarse a una realidad que no nos hace felices. Y cuando crees que todo va mal, de repente se arregla algo y todo lo demás encuentra su sitio, como si se tratara de un puzzle. Así que cuando creo que todo es una mierda, pienso en si realmente lo es todo o solo es una cosa, a la que no me quiero enfrentar, que no quiero ver, que nos quiero pensar en ella, la que me está haciendo daño. 
Y voy a por ella, o no. Pero sé que es eso y me obligo a ver lo positivo de todo lo demás. Me digo que ya sé lo que. ¿No quiero enfrentarme a eso? Pues tendré que aprender a vivir así. ¿Quiero hacer algo al respecto? ¡Pues a por todas! Así que cuando siento que algo va mal, simplemente me esfuerzo en saber qué es exactamente, me dedico todo el tiempo que necesito para encontrar la respuesta y me escucho. Porque hay tanto ruido a nuestro alrededor, tantas cosas por hacer, tantas prisas, tantos consejos, tantas restricciones, que a veces olvidamos que lo único que necesitamos es un poco de silencio, meditación. 

Es la única forma de escuchar nuestros pensamientos. 

-Compartiendo Macarrones-

martes, 8 de mayo de 2018

Me han dicho, Madrid

Me han dicho, Madrid, que desde tus terrazas se puede tocar el cielo. Que se puede recorrer tu Manzanares, al que algunos como Quevedo se atreven a llamarlo arroyo, por la arteria verde de Madrid Río. Que en el barrio de las letras, autores de todos los tiempos cobran vida en las piedras que lo conforman. Que en el Rastro, que decora las calles de La Latina, se pueden encontrar pequeños objetos perdidos en el tiempo, que hay antigüedades de historias pasadas, donde tus calles aún eran de tierra y canto, y no de cemento. Me han dicho que en El Mercado de la Cebada, los domingos de cañas interminables y de vinos con sabor a sol, puedes comer cualquier obra maestra en forma de tapa.
Me han dicho que estás hecha de rincones secretos, de historias malditas y de personajes indescifrables. Aún no me he atrevido a recorrer los pasillos del museo Reina Sofía a las tantas de la noche, y mi mirada se pierde en el el abismo cuando camino por tu Viaducto de Segovia, o lo que otros llaman El puente de los suicidas. Aún no he probado esa leche de Pantera que quita el hipo y la consciencia en los soportales de Moncloa, ni me he aventurado por esa calle de Noviciado sobre la que algunos susurran historias de terror. Pero sí me he pasado más de una vez por alguno de los bares que rodean La Plaza Mayor para disfrutar de tus bocadillos de calamares, o he perdido la noción del tiempo en algunas de las terrazas recónditas de Malasaña, que hasta los años 80 se llamaba Maravillas, no por las que allí te puedes encontrar, sino por un convento.
Cómo no volver. Madrid, me han dicho que no hay atardeceres más bonitos que los que puedes vislumbrar desde el templo de Debod, desde tu parque El Capricho, o desde el parque del Retiro. Me han dicho que da gusto recorrer tus calles, pero más tus entrañas. Y es que el metro de Madrid es un espacio donde de mezcla el arte, la publicidad, la diversidad y sus gentes de vidas ajetreadas.
Madrid, muchos me han dicho que no podrían vivir contigo, que eres demasiado ruidosa, nerviosa, que siempre vas con prisas. Pero yo les digo que no te conocen, no te conocen bien. Porque hay días en los que el calor de tu cemento nos derrite las ideas, y esa boina de humo gris que a muchos parece nos importar, a otros nos rompe el corazón. Pero todo lo que puedes ofrecer equilibra cualquier balanza, sólo basta un vistazo a tu Plaza de Callao desde la terraza del Corte Inglés, o un segundo contemplando a tu imponente Cibeles desde su Palacio, para darte una nueva oportunidad.
Madrid, me han dicho que tratas por igual a los que están de paso, a los tuyos, y a los turistas sin billete de vuelta. Y precisamente eso, es lo que te hace tan especial.

-Compartiendo Macarrones-