viernes, 31 de marzo de 2017

Resetear el corazón

A estas alturas del siglo XXI, todos sabemos el significado de cualquiera de los emoticonos que circulan por nuestras redes sociales. Todo el mundo sabe lo que queremos expresar con un corazón, con una carita feliz, con un guiño, o, incluso, con un animal tapándose la boca. Nos hemos acostumbrado a hablar con símbolos, a expresarnos sin decir nada, a dejar pasar los días, los meses y los años sin sentarnos a mantener una buena conversación con quien verdaderamente hace vibrar nuestro corazón. El nuestro, y no el de ninguna aplicación para el móvil.
Cuando algo nos llama la atención tenemos una lista de opciones tasadas para indicar lo que nos hace sentir: me gusta, me encanta, me divierte… de tal forma que cada día limitamos un poco más nuestra verdadera lista de emociones personales. Sin percatarnos de que el ser humano puede descubrir en cada segundo una forma nueva de sentirse, porque a nosotros se nos eriza la piel de vez en cuando, se nos acristalan los ojos muchas veces, y nos tiemblan las piernas otras tantas. Y eso no lo cuenta la tecnología. 
Esperamos que nos hagan caso a través de dos tick azules, exigimos que nos quieran mediante una foto que dura 24 horas máximo en una red social, y nos disgustamos si la hora de última conexión de nuestra pareja abre un mundo de posibilidades en el que nosotros no somos la última persona con la que habló. Creemos que se puede dejar de querer a alguien bloqueándole, que borrar conversaciones nos hará borrar la vida que vivimos junto a alguien, y que el amor se mide en caracteres. Y no es verdad. Es la más puritita de todas las mentiras de esta vida de postureo. 
Somos, posiblemente, y muy a mi pesar, la generación que más está equivocando el concepto de modernización y progreso con un abandono paulatino de las ventajas de la sencillez cotidiana. Ya lo dijo Quevedo: “Lo que en la juventud se aprende, toda la vida dura”. Así es, la juventud –y recuerdo que, para mí, joven es todo aquel que no ha dejado de sorprenderse en la vida- consiste en enamorarse, en reír a carcajadas, en bailar, en hacer grandes esfuerzos para cumplir tus sueños, en no abandonarlos nunca, en besar y descubrir el nombre de todas y cada una de las mariposas de tu estómago, en equivocarse y pedir consejo, en desordenar nuevamente los consejos, las advertencias, las limitaciones, y arriesgar por lo que se quiere. La juventud consiste en vivir mucho, de cara a la gente, de frente a la vida, de espaldas al miedo. Y no puede ser que nos estemos perdiendo todo eso detrás de una pantalla, que no sepamos apreciar las millones de ventajas que nos ofrecen las nuevas tecnologías y aprovecharlas en su justa medida, sin que eso signifique dejar atrás otras experiencias absolutamente necesarias para crecer. 
Como decía al principio, a estas alturas, todos sabemos el significado de cualquier emoticono. Pero muy pocos saben descifrar el sentido de dos miradas que se cruzan en silencio, de dos sonrisas que se escapan levemente librando rencores pasados, de un abrazo esperado en la estación de tren, de dos manos impacientes que no saben dónde posarse. Nos pasamos el día entero valorando señales absurdas y llamadas de atención infructuosas, pendientes de si alguien ha visto nuestra última publicación, si se le ha escapado un like cotilleándonos o si ha puesto una frase con la que pueda sentirme aludido. Pero pocas veces optamos por acercarnos a alguien, mirarle a la cara y tragarnos el maldito orgullo que siempre separa más de lo que une. Mirar dentro de nosotros mismos por una vez, en vez de tanto mirar en lugares ajenos, y rebuscar entre nuestras propias emociones, decepciones y amores para descubrir qué es lo que verdaderamente queremos y cómo lo queremos. Ser honestos. Asumir que hay días horribles y nadie nos obliga a demostrar lo contrario, porque, sinceramente, hay muy pocas personas a las que realmente les importe cómo te sientes. Dejar de perder vida en cavilaciones y apostar por intentarlo una vez más, porque, a las malas, tendremos más anécdotas que frustraciones. 
Quizá nos estemos equivocando mucho y se nos esté olvidando lo más importante: querernos más y mejor. El progreso no puede pasar por olvidarse del amor real, del respeto infinito, de la ternura de una caricia en el pelo, de la pasión de un beso, de la confianza entrelazada entre dos manos, de la complicidad de una mirada, de la fraternidad de la sonrisa de papá. 
Puede que empiece hoy a resetear mis rutinas: que apague un rato el teléfono y encienda el corazón. 

¡A vivir, que son dos días! 

-La mirada de Julita-

jueves, 30 de marzo de 2017

Benjamin Button

Te diré que nunca es demasiado tarde o, en mi caso, demasiado temprano, para ser quien quieras ser. No hay límite de tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o quedarte ahí. No hay reglas para esto. Podemos aprovechar el tiempo o desperdiciarlo; espero que lo aproveches.
Espero que veas cosas que te asombren. Espero que sientas cosas que nunca antes habías sentido. Espero que conozcas gente con otros puntos de vista. Que vivas una vida de la que estés orgullosa. Y si descubres que no lo estás, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo.

-El curioso caso de Benjamin Button-

miércoles, 29 de marzo de 2017

Los presentes

Suele decirse aquello de que es fácil estar en los momentos buenos. Para una copa, una cena, viajar, para las risas o las bromas... para todo eso tenemos mucha gente. ¿Y para lo malo? ¿Cuando vienen esos días menos buenos o cuando algo no va bien? ¿También tenéis de esas personas?
A los que tenéis a vuestro lado, no sólo cerca, sino presentes... 
A los que nos ayudan a creer en nosotros mismos en los peores días. A los que no nos dejan huir de la verdad, aunque duela. A los que entienden nuestro silencio y aún así se quedan a nuestro lado, sin preguntas. A los que repiten siempre un estoy-aquí-para-ti y realmente están.
A los que nos empujan hacia arriba, a los que nos agarran en los tropiezos, a los que son balón de oxígeno cuando no conseguimos respirar, a los que nos levantan del suelo, a los que nos enseñan a despegar y volar, a los que son esa cuerda que no se parte, a los que son el hombro y el regazo donde descansar, a los que son la fuerza y el coraje cuando nos falta... 
Para ellos nunca será necesario que existan días especiales para decirles: ¡gracias por todo! 

... y a ti... ¡gracias!

-DetallesConectados-

martes, 28 de marzo de 2017

Perspectiva

Llega un día en que te das cuenta de que ser feliz es tan fácil como dejar de preocuparte.
Te recompones, y vuelves a mirar de frente lo que habías destruido. Eso a lo que tenías tanto miedo. De repente empiezas a fijarte detenidamente en aquello de lo que llevabas huyendo demasiado tiempo, y resulta que no era tan nocivo.
Que te asustabas de lo que se convertiría en tu mejor acierto. Que la perspectiva que te faltaba es la misma que te deja ver la felicidad de volver al mismo lugar, sola.
Y empiezas a escuchar esas canciones que te hacían llorar, y resulta que lo único de lo que te entran ganas es de escribir aún más.
Y empiezas a reír más a menudo, a darte cuenta de lo bien que sienta un buen café a media mañana y de lo mucho que te gusta caminar sin ningún destino en concreto.
Y cantas, bailas y pegas un buen sorbo a esa cerveza tan fría. Recorres lugares nuevos, cierras bares y comes a deshoras.
Empiezas a dejar de contar las calorías para poder contar los abrazos. Dices los te quiero más sinceros, y disfrutas de los poemas de los grandes.
Te convences de que nunca hay que rendirse y empiezas a luchar por lo que verdaderamente quieres. Y luego, celebras con los de siempre, aún en la distancia. Recuerdas por qué toda esa gente sigue ahí, y vuelves a creer en la suerte.
Y llega un día en que te das cuenta de que ser feliz es tan fácil como dejar de preocuparte. Como un buen plan con alguien importante, y entonces, respiras hondo.

-Sandra Cárcel-

lunes, 27 de marzo de 2017

No perdamos las costumbres

No perdamos la costumbre de dar los “buenos días”. A quien sea, cada mañana.
No perdamos la costumbre de pedir perdón y dar las gracias siempre que sea necesario. Ni de soñar como si se fueran a cumplir cada uno de nuestros sueños.
No perdamos la costumbre de abrazar. Y de besar apasionadamente.
No perdamos la costumbre de reírnos de nuestros defectos. Ni de aprender de cada error.
No perdamos la costumbre de decir “te quiero” cuando nos apetezca. Ni de gritar en la ducha. Y en la cama.
No perdamos la costumbre de ser nosotros mismos, siempre, sin importar lo que digan.
No perdamos la costumbre de disfrutar de cada momento como si fuera el último. Ni de sonreír.
No perdamos la costumbre de ser feliz. 

Todos los días.

-Un rincón maravilloso-

domingo, 26 de marzo de 2017

Motivación

La motivación llama a tu puerta, las ganas de continuar, de seguir intentándolo, de sentirte agotado y, sin embargo, quedarte con ganas de más… Nada como [...] renovar ilusiones y sueños, [...] con más horas de luz y los buenos recuerdos de esos comienzos que te cambiaron la vida. Hablo ahora en primera persona para darle las gracias a este mes que, hace dos años, me trajo al lugar en el que me encuentro hoy.
Y remueve, claro que remueve. Repasar lo que dejaste atrás pesa, pero consuela comprobar que a lo largo del camino has ido sembrando e incluso recogiendo. No podemos tenerlo todo y mucho menos en el lugar y en el momento que nosotros queremos que, en la mayoría de los casos, es aquí y ahora. Cada proceso lleva sus horas, sus días, semanas o meses, cuando aprendamos a aceptar esto seremos un poquito más felices. 
Ten una conversación contigo mismo de vez en cuando, aprende a escucharte y también a corregirte en aquello en lo que te estás equivocando, a tratarte con el mismo respeto y cariño con el que te gustaría que te trataran desde fuera. A veces eres demasiado benevolente, otras muy severo… Practica eso de alcanzar el término medio con quien va a disfrutar o sufrir cada una de tus decisiones, contigo mismo.
La paciencia es la clave, no aspirar a que las cosas se resuelvan de forma inmediata nos reconcilia con un presente que se nos escapa más veces de lo debido. Es fácil de decir, pero intenta disfrutar de todo lo bueno que tienes, porque ni uno de los minutos que pasan volverán a repetirse. De acuerdo, es una obviedad, pero si de verdad fuéramos conscientes haríamos esa llamada, pronunciaríamos esas palabras y haríamos las paces con alguno que otro; probablemente intentaríamos disfrutar más del trabajo, al fin y al cabo le dedicamos muchas horas al día; nos preocuparíamos menos y bailaríamos más, nos crearíamos menos necesidades y aprovecharíamos más lo que ya tenemos… 
[...] un comienzo lleva a otro. Las dudas han desaparecido, no es que ahora tengas todas las respuestas, es que has decidido dejar de preguntar y aguardar… 

-Te lo dije cantando-