martes, 7 de febrero de 2017

Bondad

Ser gentil, amigable y atento es algo bueno. Tal vez si más personas invirtiesen un poco más de su tiempo y energía en ayudar a los demás, probablemente el mundo sería un lugar menos sombrío.
Pero no debemos confundir amabilidad con inercia. No debemos permitir que abusen de nuestra buena voluntad y que pasen por encima de nosotros porque somos (seguro que alguno lo habéis oído) "demasiado buenos", y vamos a aceptar y perdonar todo. 
Creo en el perdón. Pero creo también que sólo debe ser perdonado quien pide ese perdón y quien lo merece, quien desea realmente ser perdonado, quien demuestra ese arrepentimiento. 
Sin embargo no tenemos la obligación de aguantar todo. La paciencia tiene sus límites. No tenemos la obligación de convivir, de ser amables y de distribuir besos y sonrisas a quien nos provocó sufrimiento, a quien nos hizo daño de forma gratuita. 
La vida está hecha para ser vivida y no soportada. Cuando nos sentimos en la obligación de perdonar todo, e ignoramos nuestros sentimientos, las heridas que todavía están abiertas, nos imponemos una especie de tortura psicológica. Y no debemos imponer sufrimiento a nadie, mucho menos a nosotros mismos, para agradar a los demás. 
No tenemos la obligación de convivir con gente que nos pisa y nos empuja con una sonrisa falsa en la cara y palabras aparentemente educadas pero que, en el fondo, van cargadas de cinismo. No tenemos la obligación de convivir con quien nos roba nuestra felicidad, con quien nos roba nuestra energía, con quien nos provoca cualquier tipo de dolor. No tenemos la obligación de agradar a quien no se esfuerza mínimamente para vernos sonreír. No tenemos la obligación de sacrificarnos por alguien que no se interesa por nuestros sentimientos. No tenemos la obligación de comprender ni de demostrar simpatía por alguien que nos arrolló sin ningún pudor. 
Sólo nosotros mismos conocemos nuestros límites y sabemos hasta dónde podemos caminar sin forzar nuestra bondad. Sólo nosotros podemos medir el peso de una ofensa y la extensión real de un daño provocado por alguien en nuestra vida. 

-DetallesConectados-

lunes, 6 de febrero de 2017

El precio a pagar

[...] Cuando volvamos a casa tienen que saber que ya no estaremos completos nunca más, porque partes de nuestro corazón siempre estarán en diferentes partes del mundo.
Ese es el precio que tenemos que pagar por el honor de querer y de haber conocido personas de diferentes países.
Al final, como una de ustedes dijo, "los recuerdos pesan más que las maletas" [...] 
Qué suerte tenemos de tener algo tan grande que nos hace tan difícil decir adiós. [...]

-Dámaris Dávalos-

domingo, 5 de febrero de 2017

Espacio

El principio básico para permitir que todo lo que deseamos llegue, consiste primero en aprender a dejar ir.
Sin espacio nada sucede.

-Jimena Barón-

sábado, 4 de febrero de 2017

Como si fuese la última vez

Conoces las zapatillas que llevas puestas, no es la primera vez que te las pones. Ni la segunda. Y por eso al llegar a casa te las quitarás con la ayuda del otro pie, sin ni siquiera preocuparte por si se están ensuciando. Pero si fuera la primera vez que te las pones, te las quitarías delicadamente. Sólo si fuera la primera vez. Ahora no. Ahora llegas a casa después de un día agotador y tiras el bolso y el móvil en la cama, pero si fuera nuevo lo dejarías en la mesa y hasta tendrías miedo de que se rayara.
Y lo mismo pasa con las personas, con tu pareja, con tu familia, con tus amigos. Sabemos que están allí, y dejamos de mirarlos como la primera vez. Han pasado a la historia las miradas del primer encuentro, y tener que pensar la frase perfecta antes de decirla. Hemos dejado de conquistar día a día. Porque ya no es nuevo.
Consumimos objetos, ropa, viajes, espectáculos, experiencias y hasta personas. Y, con ellas, el amor. Y el amor no debe consumirse. Porque si fuera la primera vez que llamaras a alguien, no te quedarías callado al otro lado del teléfono, le preguntarías hasta el más mínimo detalle: hasta la ropa que lleva puesta. Si fuera la primera vez que vieras a esa persona, te habrías fijado en el color de sus uñas, de sus calcetines, y el perfume que llevara se te hubiera quedado grabado para recordarlo cuando os despidiérais. Si fuera la primera vez que viajas, te acordarías del número de asiento donde estás sentado, de la música que sonaba cuando despegabas y hasta del nombre de la azafata. Si fuera la primera vez que duermes junto a alguien, habrías cambiado las sábanas, perfumado la habitación y no os habríais dejado de abrazar en toda la noche.
Y lo mismo pasa con las últimas veces. Lo que pasa es que no sabemos cuándo será la última vez que vayamos a ver a alguien, o que vayamos a usar algo. Y continuamos actuando como si no pasara nada. Pero si fuera la última vez, ¿cuántas cosas cambiarías?. Si fuera la última vez que vieras a tu hermano seguramente le dirías tantos consejos como abrazos pudieras. Si fuera la última vez que pudieras escribir, dejarías una carta despidiéndote y agradeciendo a quien lo mereciera. Si fuera la última vez que vas a dormir, no dormirías.
¿Dónde irías si fuera la última vez que viajaras? ¿Lo has pensado? Pues ese destino que tienes en mente, es el que tienes que hacer. Esos consejos y abrazos que le darías a tu hermano, dáselos cada día. Y no esperes al último día para agradecerle algo a alguien. O para hacer algo.
Los últimos días nunca están señalados en el calendario.

-Un rincón maravilloso-

jueves, 2 de febrero de 2017

Llega ese momento...

Llega un momento en la vida, a base de decepciones, en el que dejas de perder el tiempo con todo aquello que no te saca una sonrisa; que no luchas contra el desencanto, ni la desilusión, simplemente lo aceptas y dejas que pase; que has conseguido que el rencor no tenga cabida en ti.
Llega un momento en la vida, a base de despedidas, en el que descubres que los que se han marchado de tu lado, los que han huido sin decir adiós, no sólo te han hecho un favor, sino, posiblemente, el mayor de los regalos: estar en paz. 
Llega un momento en la vida, a base de hostias, en el que te das cuenta que a ciertas personas hay que darles el valor, la importancia, y los dolores de cabeza que demuestran que merecen. Ni más ni menos. No es ser egoísta, es aprender a quererse. Y quererse bien. 

-Ali Cia-

miércoles, 1 de febrero de 2017

Más

Hace unos días leía un texto maravilloso sobre la felicidad.
Decía, a grandes rasgos, que tenemos la manía de buscar la felicidad y realmente ésta aparece cuando menos la esperamos, cuando decidimos disfrutar de aquello que tenemos, cuando vivimos el momento. 
No se puede decir que no aproveche los minutos, los segundos e incluso las milésimas de cada día. Pero he de confesar una cosa... A veces se me quedan cortas incluso esas milésimas. 
Un buen amigo me dijo hace un tiempo que no podía comparar una persona que llevaba en mi vida años, con alguien que acababa de entrar en ella.
Tal vez no. 
Parto siempre del principio que las comparaciones son odiosas. Pero tal vez por esa misma razón, porque nadie es igual a nadie, puedo decir que hay personas con las que, si bien su presencia es reciente, me falta tiempo. 
Me faltan horas de charla, me faltan minutos para compartir, me faltan segundos de risas... ¡Me faltan milésimas de todo! 
Porque, a pesar de la intensidad de los momentos, siempre quedan ganas de más. Y sí... ¡se me hace (muy) corto! Y [querría] quiero más, a pesar de ser consciente de que quedan inmensas aventuras y anécdotas por contar. Principalmente por un motivo claro: ¡ya no hay vuelta atrás cuando te agarra la felicidad! 
Y es que a lo mejor, tal y como dice aquella frase, las personas más importantes no se encuentran, sino que la vida se encarga de presentártelas. 

"Llegaron con el desorden y ordenaron mi vida.

-DetallesConectados-