domingo, 30 de septiembre de 2018

Ella, curiosa y revoltosa

Ella es curiosa. Va por el mundo con sus enormes ojos abiertos, intentando guardarlo todo en su memoria. No disimula cuando algo le fascina. Le gusta viajar. Tantas veces ha pensado en dejarlo todo y huir con su maleta repleta de por si acasos. Suele dar bastantes vueltas a la cosas y cree que le iría mejor si pasara de todo. Pero no puede. Ella no es así.
Confía pronto, aunque tantas veces se ha propuesto no hacerlo. Cuenta que así se ahorra decepciones. Pero no puede evitar abrir su corazón y su mente a quien le hable de amor, de sueños y de letras. Le gusta leer, dice que nunca tiene tiempo, pero al final siempre saca un poco. Y luego tiene ese tremendo vacío interior cuando termina un libro.
También se conoce los diálogos de algunas películas. Sigue más series de las que su tiempo le permite. A veces es olvidadiza. Y se escribe cosas en la mano. Por si acaso. Dice ser patosa pero camina decidida hacia sabe dios dónde. Siempre con tantos planes, con tantas ideas, con tantas ganas de más. No vive cada día como si fuera el último, pero es feliz. Tiene sus días de sofá y manta, y comida que engorda. Y le encanta. La vida sólo se vive una vez, repite. ¿Ahorradora? Algún día.
Le han hecho daño, alguna vez. Por tonta, dice. Probablemente ella también haya roto algún pobre corazón. Pero no se rinde, piensa que el amor no duele, sino las personas. Cuando quiere, quiere con todo, quiere sin medidas. Cree en las segundas oportunidades, aunque la vuelven desconfiada. Bueno, pues veces sale bien, y otras veces se aprende.
Encuentra todo en su desorden, y consigue domar hasta su pelo revuelto recién levantado. Se queja de que el moño siempre le queda mejor cuando se queda en casa. Y cree que la belleza no necesita filtros ni maquillaje. Llora con algunas historias, con las de verdad, y pierde sus ojos en la carretera cuando escucha aquella canción. La canción. Dice que todos tenemos una, que está llena de nombres y de recuerdos.
Se queja de lo que no le gusta. Como la verdura, pero sí, ya lo sabe, tiene que comerla. Le gusta el sonido de las pisadas en la nieve. Le gusta que llueva si está a cubierto. Le gusta el olor a tierra mojada. Dice que la vida está llena de pequeños momentos, y que hay que saber valorarlos. Cuando se escapa de la ciudad respira hondo muchas veces. Para limpiar los pulmones.
Aprecia los detalles. Los que no se compran en centros comerciales. Y adora las croquetas. Y quién no. A veces mira su armario y dice que está lleno de no tengo qué ponerme. También dice que la música puede curar casi todo. Y se va, tarareando.
Pero siempre vuelve, si la necesitas, de verdad. Siempre perdona. No habla de olvidar, porque le cuesta. Huele a domingo. Y si la escuchas, si la entiendes, o si al menos lo intentas, ella está dispuesta a regalarte su tiempo. Eso es lo más valioso, dice.

-Compartiendo Macarrones-

sábado, 29 de septiembre de 2018

A veces

A veces las cosas no nos salen como esperábamos.
Nos decepcionan personas, trabajos y situaciones de la vida en general en las que pensábamos que era nuestro momento.
Y te duele, te duele mucho.
Porque no te lo mereces.
Pero es así.
Y es por eso y por muchas más cosas que cuando llegues a lo alto de la colina, te recordarás a ti mismo lo mucho que ha merecido la pena pasar por todo eso que un día te hizo dudar hasta de ti mismo.

-Dime tú cómo lo ves-

viernes, 28 de septiembre de 2018

Que no se te olvide

Darle al pause más a menudo. En cada bucle que entres y del que no sepas bien salir. En cada momento tonto, que sabes te podrías ahorrar. En aquellas situaciones que te hagan salirte de ti, de tus casillas y de tu tablero de juego. Y aprende mejor a salirte por tu propia cuenta, a tu sola voluntad. A dar volumen a lo que te interese o importe. Y a no escuchar más discos rayados.
Que no se te olvide bajarte de ese tren, de ese autobús, o de ese camino que coges a diario, que no te lleva a ningún lado. O a ninguno en el que, si tiras de sinceridad, te gustaría estar. Ese en el que ya no miras hacia los lados, el que no acelera tu pulso cuando ves aparecer. El que ni te sorprende ni te hace vivir contando los segundos que restan para que llegue. Bájate. Camina. Olvida.
Que no se te olvide asomarte más y esconderte menos. Mirar por la ventana, abrir los ojos, disfrutar las vistas. Ver, observar, admirar. Comerte con la mirada y con el alma cada momento que pase por delante, cada atardecer que tengas oportunidad, cada oportunidad que nazca al amanecer. O cuando sea. Benditos regalos. Que en ocasiones tan sólo es cuestión de prestar atención, soltar algunas cosas, y dejarse llevar.
Que no se olvide la magia de las primeras veces. La curiosidad desbordada, el brillo en los ojos, las sorpresas que descolocan. La magia de volver a mirar con la mayor de las ilusiones, con inocencia, con emoción mal disimulada. De sentir nudos, mariposas y cosquilleos varios. De aprender a desaprender y a ver como si fuera la primera vez. A embobarte con los fuegos artificiales. A apreciar detalles que se nos escapaban, a recrearte en las pequeñas cosas. A no dar nada por sentado. A darlo todo en cada intento.
Que no se te olvide el hoy. El ahora mismo y lo que sea que tengas en estos momentos delante. El aquí, ahora y ya. Que lo que haya de llegar, llegará. Mientras que el presente no da segundas oportunidades. O te empapas de él, o se esfuma. Aprende a estar, a empaparte, a no perderte nada.
Que no se te olvide respirar. Por la nariz, la boca y por la piel. Llenarte de energía, refrescar tu coraje, sanar tus ansias. Conscientemente, que no de forma automática, anodina y como cualquiera. Por simple costumbre o necesidad del cuerpo. Que la diferencia es abismal. Que no es tanto sobrevivir, como simplemente vivir.
Que no se te olvide amar. A los tuyos, a decirlo en voz alta y a demostrarlo en cada ocasión que tengas. Y a ti, a cada uno de tus días, aquello en lo que pones tu vida. Tu esfuerzo, tu ilusión. Pese a que se vista de gris, amenace desastre o intuyas naufragio. Recuerda aquello que dicen, que solo poseemos aquello que un naufragio no puede arrebatarnos.
Que no se te olvide confiar. Darte un margen, espacio y alas. Y creer en ti. Decírtelo a diario, delante del espejo y a pleno pulmón si hace falta. Con tal de creerlo. Ante cualquier situación, por pequeño, grande o loco que sea el reto que tengas delante. Nadie mejor que tú, no te arrepientas mañana. Conoces la teoría, aplícate en la práctica.
Que no se te olviden tus sueños. No los dejes para el final, para cuando te sientas mejor, para cuando sea. Que cualquier momento sirve para ponerte a ello. No solo en vacaciones, en momentos de inspiración o una noche entre amigos. Que de niños se nos da más que bien, pero de mayores nos cuesta en exceso. Nos olvidamos. Y lo dejamos de lado. Aprende a pasar de los sueños condicionales, a soñar, y cumplir, en presente.
Que no se te olvide ponerte de pie. Y dejar de mirar tanto el suelo, la piedra o tus pies. Deja de temer caerte y céntrate en levantarte. El cuerpo, el alma y la ilusión. A quitarte esos zapatos que te aprietan, que te rozan o que te hacen siempre daño. Consentirlo o no, está en tus manos.
Que no se te olvide tu vida. La que lleva tu nombre. El regalo que no pediste y te dieron. El mejor de todos. El que no se detiene y avanza siempre en tiempo de descuento. Esa que tanto te cuesta a veces. Esa que dices que no te da, o que se te pasa volando. Aprende a pararte, a seguirla, a girar con ella. A llevarla a tu terreno, a vivirla y a hacerla completamente tuya.
Que no se te olvide cantar, reír, bailar e improvisar. Dejarte de tantos planes perfectos, de tantos rollos, de tantos marrones. No en vano, quien busca encuentra… sea lo que sea. Escribe tu propia historia, crea tus propios viajes, invéntate tus pasos. Aprende a darlo todo y exigirte menos. Sabiendo que das lo más, y que, en ocasiones, menos muchas veces es más.
Que no se te olvide que soltar es ley de vida, que no puedes cargar con excesos ni equipaje de más, y que cuanto más ligero, más espacio, y que cuanto más espacio, nuevas cosas han de llegar.
Que no se te olvide mirar a los ojos. Los tuyos. Y a los de quien te habla, quien te escucha y quien te cuida en la mayor o menor distancia. Hay miradas que lo dicen todo.
Que no se te olvide escuchar. Tanto fuera como dentro. Aprende a interpretar silencios, a callar los restos, a disfrutar de cada melodía. A que para hablar, primero se ha de escuchar. Y que, muchas veces, lo que más importa, es precisamente lo que no se escucha.
Que no se te olvide que cada día se reinician 86400 segundos, y que cada uno cuenta.

Y que cada uno, es tuyo.

-Entre suspiros y un café-

jueves, 27 de septiembre de 2018

Los domingos

Te entiendo, hay días en los que apetece estar tirado en el sofá, pedir una carbonara familiar del Telepizza y ver un capítulo tras otro de tu serie favorita.
Pero qué me dices del dolor de pies que queda después de saltar hasta que no hubiese un mañana.
O quedarte sin voz al cantar con todas tus fuerzas esas canciones que te dejan sin aliento.
Brindar con esa familia que se elige por salud y libertad.
Y decirles que los quieres, que los quieres mucho.
Qué me dices de saltarte un poquito las normas de vez en cuando.
Las dietas, los complejos, lo que piensen de ti.
De amortizar ese cuerpo que te ha tocado.
De desgastar tus articulaciones y tus cuerdas vocales.
De ejercitar los 400 músculos que se ponen en marcha cuando nos reímos a carcajadas.
Y, aunque a veces duela, el corazón hay que entregarlo de vez en cuando.

-Dime tú cómo lo ves-

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Abrazos

A veces sobran las palabras, y un abrazo es capaz de recomponerte por dentro en cuestión de segundos. 
Y es que hay momentos, situaciones, en las que sólo te hace falta saber que hay alguien ahí al lado que te entiende, te apoya, te anima y que está dispuesto a quedarse en silencio si es lo que necesitas.

Sin dejar de abrazarte. 

-Un rincón maravilloso-

martes, 25 de septiembre de 2018

Miedos

A veces tengo miedo. Un miedo oscuro, punzante, pesado, nocturno, real aunque imaginario. A veces tengo miedo. Miedo a que no me quieran. A no volver a querer a nadie igual. A suspender los exámenes. A quedarme sin trabajo. Miedo. A que no suene el teléfono. A que suene para avisar de una tragedia. A los accidentes. A volar. Miedo a perder a mi padre, porque no soportaría la orfandad de quien me enseñó a ser. Miedo a que enferme mi madre, porque su dolor me incapacitaría. Miedo. A la vejez. A envejecer sola. A no llegar a vieja. A suspender la oposición. A aprobarla y que no me guste el trabajo después. Miedo a tener que marcharme de mi ciudad. Miedo a tener que volver a vivir allí. Miedo a la intolerancia. Miedo al dolor. A veces tengo miedo al miedo. Miedo. A no gustar a los demás. A no gustarme a mí misma, qué horror, qué miedo. Miedo a morir sin haber hecho nada interesante. Miedo a no calar en la vida de nadie. Miedo a que el último beso sea de verdad el último. Miedo a no volverle a ver. Miedo a cruzármele en la esquina de la calle por la que me da miedo pasar. Miedo a que me ahoguen los pagos. A hablar en público. A hacer el ridículo. A equivocarme. Miedo. A quedarme embarazada. A no poder hacerlo jamás. A la paternidad y sus responsabilidades. A no ser una buena madre. A que me sean infiel. A enamorarme de otro. A las alturas. A la oscuridad. Miedo. Miedo a la vergüenza que me da reconocerme débil. Miedo. A no ser suficiente, bastante, demasiado, excesiva. Miedo a los ruidos del techo, de la puerta, del sótano. Miedo. A que me quieran sólo por mi físico. Miedo a que nadie me quiera por mi físico. Miedo a pasarme de lista. A que me tomen por tonta. Miedo a la cobardía. Miedo al dolor de mis hermanos, que es tan inevitable como inaguantable. Miedo a que me dé un infarto al corazón roto. Miedo a perder el tiempo en tonterías. Miedo a exigirme demasiado. Miedo. A perder la inspiración. A que se me acaben las palabras. A defraudar a los que esperan de mí una letra.


Miedo.
Miedo.
Miedo.
Miedo.


No todos míos. Algunos prestados, enumerados, ocurridos, verbalizados al azar. Miedo. Miedo, yo que no hay virtud en el mundo que valore más que la valentía. Yo, que me los trago. Tú, que te los callas. Él, que los grita. Ella, que los evita. Ellos, que los afrontan. Miedos. Humanos, naturales, personales, fundados o sin razón. Miedos. Miedos que no reconocemos, que guardamos en cajones al borde del llanto. Que volcamos en sábanas ajenas esperando que no nos persigan. Que no expresamos. Miedos que nunca desaparecen con el silencio, que deberían servir para acercarnos, para abrazarnos más, para querernos mejor, para empatizar sin fisuras. Miedos que tendrían que obligarnos a conversar con lágrimas y sin ellas, con risas y entre bromas, con ánimos y abrazos. Miedos a los que jamás deberíamos permitirles decir que nos vamos a la cama porque tenemos mucho sueño, cuando en realidad tenemos mucho miedo y nos apetece hablar de ello. Miedos que no tendrían que avergonzarnos, sino ayudar a conocernos, a querernos a nosotros mismos, a comprendernos, a liberarnos, a abrazarnos. El miedo es tan normal como lo es la alegría, el amor o la tristeza. Te lo digo siempre y nunca es suficiente: quiérete.

-La mirada de Julita-