miércoles, 30 de noviembre de 2016

Tus personas

¡No hay nada más importante que 'nuestras' personas! Pero hay pequeñas cosas, que con el día a día, nos vamos olvidando de decir y de hacer: un abrazo más largo de lo normal, un mensaje, un "tengo ganas de verte" sincero, una canción "porque me acordé de ti", un "estoy aquí si me necesitas", un "gracias por estar a mi lado" y un "te quiero" porque sí.
Son pequeñas cosas pero que hacen tanta diferencia... 
Y es que tenemos personas que, sin saberlo, nos iluminan el día aunque no haya salido el sol, que su optimismo y su amor por la vida nos contagian sin darnos cuenta, gente que nos ayuda porque sí, que da sin pensarlo dos veces. Gente que nos escucha con el corazón, que nos sonríe con los ojos, que se alegra y se emociona por nuestra felicidad... 
Mantén cerca a 'TUS' personas y no te olvides de ellas. Son las que hacen bonito tu mundo. ¡Házselo saber! 

-DetallesConectados-

martes, 29 de noviembre de 2016

lunes, 28 de noviembre de 2016

Escondido

Hay cosas que te cambian para siempre. Momentos que, sin querer, convierten tu vida en otra que nunca soñaste. De repente, empiezas a vivir algo que parece sacado de un libro de cuentos. Sin entenderlo has descubierto algo que estaba escondido muy dentro.

-Manuel Montalvo Ruiz-

sábado, 26 de noviembre de 2016

La magia en una persona

Para mí es aquella persona que irradia luz, energía positiva, amor, alegría... Aquella persona que, en un bar cualquiera, bebiendo unas cervezas con su grupo de amigos, habla con entusiasmo, con una sonrisa clavada en la cara sacando lo bueno de la vida y riendo hasta el asfixio. Una persona que sólo con mirarte te transmite más que si hablara. Una persona que ve siempre la luz al final del túnel. Que ve el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Alguien que te hace ser mejor persona y mirar la vida de manera más sencilla, porque te enseña que la felicidad son cosas simples y no materiales, como ver reír a tu madre, un abrazo de tu hermana, una amiga con la que compartir grandes y memorables momentos de tu vida, una cama donde dormir, un plato de comida caliente encima de la mesa... Pero sobretodo te enseña que el amor no es complicado, que es intenso pero no daña, es agradecido y recíproco.
[...]
Pero, ¿acaso sólo las personas tenemos magia? ¿Nunca habéis mirado un cuadro, escuchado una canción, olido un perfume o leído un libro y os ha producido una sensación de plenitud? Corres una maratón, bailas una canción, terminas un proyecto o cocinas un plato que te sale buenísimo, y sientes satisfacción. Eso también es mágico. 
Es simple, no hay trucos, la magia no son más que aquellos detalles que liberan frenéticamente a nuestras mayores aliadas de la felicidad: las endorfinas. 
Disfrutad de esas personas o momentos mágicos porque la vida se resume en sensaciones plenas y satisfactorias. Se resume a aquello que te ha aportado alegría y te ha mantenido en la línea de la felicidad. 
"Aquellos que creen en la magia, están destinados a encontrarla", leí una vez. 
Y a ti, que te identificas con mis textos y buscas en ellos una complicidad, seguiré escribiendo para transmitir esa sensación mágica de saber que no estás sola y siempre hay alguien que te entiende. 
Pero recuerda: la magia siempre comienza en ti. Tú eres magia. 

-Srta. Maravilla, Lo que me encantaría decirte-

viernes, 25 de noviembre de 2016

Dar lo mejor

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.
Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos.
Me gusta la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo.

-M. Benedetti-

jueves, 24 de noviembre de 2016

Querido papá:

MUCHAS VECES me prometiste que, si había vida después de la muerte, encontrarías la manera de contármelo o al menos de darme una señal. Hay quienes creen que los muertos se comunican con nosotros a través de los sueños. Desde que no estás, he soñado contigo muy pocas veces. Dos para ser exacta, y en ambos casos volví a vivir tus exequias. La ausencia es tan brutal y tan enorme mi esfuerzo por comprenderla que ni siquiera me permito soñar que sigues vivo. En cambio despierto casi a diario, sobresaltada a mitad de la noche, con la conciencia de que no estás, de que jamás volveré a disfrutar de tu compañía, de que es algo irremediable y que más me vale asumirlo por completo.
La soledad, a diferencia de otras veces en que la sentía lacerante y también un poco vergonzosa, se ha convertido para mí en un bálsamo necesario, en un espacio imprescindible, como la oscuridad para las personas que sufren de migrañas.
Herencia no dejaste, pero sí una cartografía de valores que me han permitido orientarme: el placer de aprender y descubrir cosas nuevas, la gratitud, la generosidad, y el humor como refugio hasta en las peores tragedias. No se me olvidará nunca cómo le espetaste al médico, mientras te mostraba el tumor letal en tu radiografía, que te encontrabas muy flaco en esa foto.
Gracias a ti conocí el cariño incondicional, la certeza de que alguien me quiso siempre, sin importar cuáles fueran mis actos, y con eso no intento decir que hayas sido indulgente. Cuando te parecía que me estaba equivocando, jamás titubeaste al decírmelo.
Te preocupaba que aprendiera a temperar mi carácter, a ser cuidadosa con el filo de mi lengua –asegurabas que somos dueños de las palabras que nunca pronunciamos y esclavos de las que ya hemos dicho–, a ser dócil en las cosas sin demasiada importancia e intransigente en las fundamentales. A lo largo de los años te vi trastabillar a menudo y descalabrarte más de una vez. Luego, invertiste todos tus recursos en suavizar tus reacciones, y tu vida se volvió mucho más llevadera. Con tu ejemplo, me enseñaste que los errores permiten descubrir la fuerza y la belleza propias y ajenas.
Desde el primer día transcurrido sin ti, siento el acecho del olvido como una sustancia corrosiva que amenaza con deslavar nuestra historia. Su objetivo, nada despreciable, es impedirme sufrir. Sin embargo, como advertía Céline, “la peor derrota en todo es olvidar y es, también, lo que nos lleva a la tumba”. Yo he sufrido muchas derrotas a lo largo de mi vida de las cuales me ha costado reponerme. No encajaré ésta también. Aunque tampoco tengo la certeza de que puedas escucharme, te escribo con frecuencia. Hacerlo es ir en contra del proceso natural de cicatrización que todo el mundo me desea y me vaticina, pero que yo no persigo. Una cicatriz es un cierre, un límite, un borde de piel doble o triplemente espeso para clausurar una herida, para impedir que sigamos sangrando. Recordar sistemáticamente, en cambio, es mirar de cerca cada célula del tejido dañado, no perderlo de vista. No quiero una cicatriz que lleve tu nombre. El dolor me recuerda lo mucho que te quise y te sigo queriendo, es un organismo vivo que me acompaña por el mundo y me permite disfrutar a quienes siguen a mi lado todavía. Quizás nunca llegue a percibir la señal que prometiste, pero me conformo con todo esto.

-Guadalupe Nettel-